PEREGRINACIÓN A ROMA (canonización de Juan Pablo y Juan XXIII)


¿Dónde estaremos?¿Qué haremos realmente? ¿Dormiré? Y la comida… ¿Como será? Esas fueron unas de las cuantas preguntas que me pasaron por la mente en el momento en que me senté en el autobús que se dirigía hacia Roma desde Moncada el día 24 de Abril. Un autobús ocupado por 50 personas, donde la mayoría de las cuales formaban un grupo de jóvenes seminaristas acompañados por sus rectores.

Es curioso, yo me encontraba dentro de aquel grupo minoritario que no estudiaba en el seminario y se había decidido por ir y convivir con aquel grupo numeroso de chicos. Ahora pienso en las miles de preguntas que me pasaron por la mente, pero no me arrepiento de mi decisión. Hice bien en aceptar aquella plaza libre del autobús que iba hacia Roma con la intención de asistir a aquella celebración protagonizada por el Papa sin saber realmente las cosas que íbamos a hacer, porque una cosa está bien clara, si no hubiera sido de aquella forma, no hubiera podido aprender todo lo que vi en aquellos 5 días. De hecho, puede que sean cosas que ni en meses normales y corrientes nos llegaran a la vista.

¿Qué decir sobre el viaje? Verdaderamente podría estar durante horas y horas contando los hechos, desde anécdotas vividas, hasta los momentos de reflexión propia. Pero todo tiene un principio, y es por eso que empezaré por la experiencia de estar dentro del bus un poco más de lo que viene a ser 20 horas para llegar a nuestro destino. Subí en el al lado de mi amiga María, conociendo solo a Ángela, Jordi y Juan (2 de los varios seminaristas que había).

El día 28 de Abril, me volvía conociendo a las 50 caras con las que conviví en mi primera peregrinación, y además de eso, mi primera salida de España. No penséis que fueron unas 20h aburridas (excepto las 2 últimas en las que la paciencia se esfumaba y las ganas por bajar aumentaban), porque aquel tiempo fue realmente entretenido: desde canciones en guitarra hasta las comidas dentro del autobús. Todos repartíamos lo que llevábamos en nuestras mochilas (rosquilletas, chocolate…) realmente nos comportábamos como lo que debía ser, hermanos con una característica en común.

Una vez allí, se produjo un cambio en el ambiente, observábamos miles y miles de personas creyentes como nosotros, todas con sonrisas por las calles y canciones acompañándolos, todos preparándose para la celebración que iba a realizarse el domingo cuando canonizaban a San Juan Pablo II y a San Juan XXIII en el Vaticano. Pues… hasta llegar a aquel día, varias  fueron las vivencias que pude vivir, desde intentar dormir en una habitación compartida con chicas de Eslovenia, hasta a alguna escapada que hacíamos todos juntos por dentro del centro de Roma llenando todo el espacio de los tranvías y autobuses.

Siempre habían momentos para reír, siempre, pero no penséis que todo eran risas y entretenimiento. Día y noche, desde que despertábamos teníamos cierto tiempo dedicado para Dios: vespres, rosario, laudes… así como también la celebración de la eucaristía no podía faltarnos.

Todo lo que recuerdo de aquella peregrinación, me aporta buenos recuerdos, aunque también cansancio, pero cabe decirlo: parar no parábamos, arriba y abajo. Y con esta idea que os muestro, llegó el sábado. Podría decirlo bien claro, aquella noche y mañana del día siguiente, posiblemente fue uno de los mayores compromisos que hice por mero objetivo de fe. Aguanté con sufrimiento, mareos y bastante sueño (todo un día sin dormir), pero lo que más duro resultó para mi y varios de los que me acompañaban en aquellas circunstancias, fue el estar de 6 a 7 horas de pie, con el cuerpo apretado por el cúmulo de gente de diferentes partes del mundo. Una sensación agobiante, realmente, sin poderme mover ni sentarme al suelo. Pero gracias a aquel sufrimiento largo, puede presenciar en persona en la “Piazza di San Pietro” la eucaristía de canonización que tuvo lugar a partir de las 10.00h de la mañana.

Esa misma tarde, me encontraba de nuevo en el mismo autobús que el día de salida, con la misma gente, pero con una pequeña diferencia, no me encontraba igual que el primer día en que iba llena de preguntas sobre lo que iba a vivir. Me encontraba realmente bien, con una sensación reconfortante, una sensación que a días de hoy aún conservo encima.

Solo queda agradecer al Seminario la oportunidad que me ha dado de poder participar en esta peregrinación, a formadores y seminaristas por su acogida, y en especial a Jordi que fue quien nos animó a participar y a formar parte de esta gran experiencia para todos.